
2 Pushing Daisies ♥
At that moment, in the town of Couer d' Couers, events occurred that are not, were not, and should never be considered an ending. For endings, as it is known, are where we begin


0 El pájaro canta hasta morir
Hay una leyenda sobre un pájaro que canta sólo una vez en su vida, y lo hace más dulcemente que cualquier otra criatura sobre la faz de la tierra. Desde el momento en que abandona el nido, busca un árbol espinoso y no descansa hasta encontrarlo. Entonces, cantando entre las crueles ramas, se clava él mismo en la espina más larga y afilada, y al morir envuelve su agonía en un canto más bello que el de la alondra y el del ruiseñor. Un canto sublime, al precio de la existencia. Pero todo el mundo enmudece para escuchar, y Dios sonríe en el cielo. Pues lo mejor sólo se compra con grandes dolores. Al menos así lo dice la leyenda.
"The thorn birds", de Colleen McCullough
"The thorn birds", de Colleen McCullough
A lo largo de la vida, uno se acuchilla muchas veces.
Se va matando de a poco, no sé si me explico bien: uno se va matando de mejor a peor.
El primer homicidio lo cometemos con un niño que cree que los animales y las mesas y las puertas y las margaritas hablan. Entonces queda, herido pero sobreviviente, un adolescente que sabe que eso no es cierto, que sabe que los animales y las mesas y las puertas y las margaritas no hablan, pero sabe también que todo mal será purgado, que todo error será rectificado, que cada gota de nuestro sudor será pagada con pan y la capacidad de nuestro corazón será colmada con amor.
El adolescente sabe llorar, no le importa tener que rebajarse y suplicar, es capaz de ofrendar su vida por un ideal, de erguirse ante la injusticia, abofetear al tirano y partir su pan en dos, en diez, en cien, sin escuchar el murmullo de voces que va creciendo a su alrededor y entre las que se distinguen palabras sueltas a las que no le da ninguna importancia. No las une. No forma frases ni oraciones con ellas. Sirve. Esfuerzo. Que. Para. Mundo. Es. El. Desprejuiciados. Ataquen. Atacar. No. Los. Te. Hay. Estar. Para. En guardia.
Pero a fuerza de oírlas y oírlas termina por querer saber su significado. Las mueve, las balbucea, las cambia de lugar, las pone en hilera para formar un trencito y luego llora sobre ellas porque no le gusta lo que esas palabras puestas así le dicen.
Para qué sirve el esfuerzo, el mundo es de los desprejuiciados. Hay que estar en guardia, atacar para que no te ataquen.
Llora sobre las palabras, las detesta. Mira a su alrededor buscando a alguien que le de la razón, que las odie tanto como él. Pero se siente solo, absolutamente solo. Es él, nada más que él, su pelo, sus ojos, sus manos, su cuerpo hermoso... y las palabras.
Hasta que al fin, tan cansado, tan triste, tan gris, hace con ellas un cuchillo delgado y filoso y se suicida.
Alguien se sacude esa muerte, esa ceniza. Alguien muy educado, con corbata y saco, con los zapatos lustrados y un horario estricto que cumplir. Qué suerte, un horario y un sueldo que cuenta con exactitud cada fin de mes.
Este alguien está muy enterado de todas las cosas que suceden en el Universo porque lee los diarios y conversa con otros adultos en colectivos, en las oficinas, en los bares, en la calle.
Está orgulloso de su información, de su reloj, de su puntualidad; orgulloso de ser tan civilizado y no excederse nunca en nada. No se parece a aquel niño ávido y curioso, a aquel adolescente desordenado y vehemente. ¡Por suerte pudo acuchillarlos! Por suerte pudo deshacerse de ellos para que no lo estorben, para que no le vayan a hacer el chiste de serrucharle la estructura y...
"Alguien" es un hombre.
En alguna parte hay un rótulo que le corresponde y que en vez de figurar en una enorme planilla debería estar recortado y pegado en su frente, para una mejor organización de las cosas. Nombre. Apellido. Edad. Profesión. Estado civil. Domicilio. Sueldo.
En la enorme planilla no hay preguntas verdaderamente importantes: ¿Es feliz? ¿De qué tiene miedo? ¿Está enamorado? ¿Qué tararea cuando se baña?
Alguien es un hombre.
Habla como un hombre. Piensa como un hombre. Siente como un hombre. ¿Qué es lo que piensa, qué es lo que siente? Nada raro, lo mismo que piensan y sienten todos los hombres. ¿Qué es lo que hace? Lo mismo que hacen todos. Corre los colectivos, le da limosna a un pordiosero (por si acaso es cierto que desde allá arriba...), se emociona un poco-lo suficiente-el día de su casamiento durante la ceremonia religiosa, el día en que nace su primer hijo, el día en que por fin escritura el departamento propio. No tiene tiempo para tonterías: no tiene tiempo para remontar barriletes, juntar caracoles, tirarse boca arriba bajo un árbol y quedarse en silencio varias horas, pensando...
No puede desperdiciar en pavadas así la cuerda que se da todas las mañanas.
Pero un día, un día se despierta llorando, se mira al espejo, se mira las lágrimas mezcladas con las arrugas y las canas, repite su nombre y su edad como si fuera una plegaria, y luego grita el nombre de su hijo.
Su hijo adolescente que aún cree y aún puede salvarse. Aún puede salvarse se repite hasta que le duele la lengua.
Corre, corre... atraviesa el pasillo, hay que salvarlo, hay que salvarlo... hay que esconder todos los cuchillos, hay que convencerlo de que la vida es bella y hay que tomarla dulcemente por la cintura y hundir la cabeza en su pecho, y hay que guardarse un tiempo para gastarlo sin hacer nada, simplemente remontando barriletes, conversando con las piedras o pensando cara al cielo bajo un árbol. Y hay que saber llorar y partir el pan en dos, en diez, en cien, y abofetear al tirano y erguirse ante la injusticia porque todo mal será purgado y todo error rectificado...
Corre por el pasillo, abre la puerta del dormitorio del hijo al mismo tiempoo que suena el despertador y el muchacho salta de la cama.
-¿Creíste que me iba a quedar dormido? Ya no soy una criatura, papá.
Habla de responsabilidades mientras se ajusta la corbata. Luego se pone el saco.
-No quiero llegar tarde-musita-. Hay que estar en guardia, hay que atacar para que...
No, ya no puede parar los cuchillos que han sido lanzados.
Se va matando de a poco, no sé si me explico bien: uno se va matando de mejor a peor.
El primer homicidio lo cometemos con un niño que cree que los animales y las mesas y las puertas y las margaritas hablan. Entonces queda, herido pero sobreviviente, un adolescente que sabe que eso no es cierto, que sabe que los animales y las mesas y las puertas y las margaritas no hablan, pero sabe también que todo mal será purgado, que todo error será rectificado, que cada gota de nuestro sudor será pagada con pan y la capacidad de nuestro corazón será colmada con amor.
El adolescente sabe llorar, no le importa tener que rebajarse y suplicar, es capaz de ofrendar su vida por un ideal, de erguirse ante la injusticia, abofetear al tirano y partir su pan en dos, en diez, en cien, sin escuchar el murmullo de voces que va creciendo a su alrededor y entre las que se distinguen palabras sueltas a las que no le da ninguna importancia. No las une. No forma frases ni oraciones con ellas. Sirve. Esfuerzo. Que. Para. Mundo. Es. El. Desprejuiciados. Ataquen. Atacar. No. Los. Te. Hay. Estar. Para. En guardia.
Pero a fuerza de oírlas y oírlas termina por querer saber su significado. Las mueve, las balbucea, las cambia de lugar, las pone en hilera para formar un trencito y luego llora sobre ellas porque no le gusta lo que esas palabras puestas así le dicen.
Para qué sirve el esfuerzo, el mundo es de los desprejuiciados. Hay que estar en guardia, atacar para que no te ataquen.
Llora sobre las palabras, las detesta. Mira a su alrededor buscando a alguien que le de la razón, que las odie tanto como él. Pero se siente solo, absolutamente solo. Es él, nada más que él, su pelo, sus ojos, sus manos, su cuerpo hermoso... y las palabras.
Hasta que al fin, tan cansado, tan triste, tan gris, hace con ellas un cuchillo delgado y filoso y se suicida.
Alguien se sacude esa muerte, esa ceniza. Alguien muy educado, con corbata y saco, con los zapatos lustrados y un horario estricto que cumplir. Qué suerte, un horario y un sueldo que cuenta con exactitud cada fin de mes.
Este alguien está muy enterado de todas las cosas que suceden en el Universo porque lee los diarios y conversa con otros adultos en colectivos, en las oficinas, en los bares, en la calle.
Está orgulloso de su información, de su reloj, de su puntualidad; orgulloso de ser tan civilizado y no excederse nunca en nada. No se parece a aquel niño ávido y curioso, a aquel adolescente desordenado y vehemente. ¡Por suerte pudo acuchillarlos! Por suerte pudo deshacerse de ellos para que no lo estorben, para que no le vayan a hacer el chiste de serrucharle la estructura y...
"Alguien" es un hombre.
En alguna parte hay un rótulo que le corresponde y que en vez de figurar en una enorme planilla debería estar recortado y pegado en su frente, para una mejor organización de las cosas. Nombre. Apellido. Edad. Profesión. Estado civil. Domicilio. Sueldo.
En la enorme planilla no hay preguntas verdaderamente importantes: ¿Es feliz? ¿De qué tiene miedo? ¿Está enamorado? ¿Qué tararea cuando se baña?
Alguien es un hombre.
Habla como un hombre. Piensa como un hombre. Siente como un hombre. ¿Qué es lo que piensa, qué es lo que siente? Nada raro, lo mismo que piensan y sienten todos los hombres. ¿Qué es lo que hace? Lo mismo que hacen todos. Corre los colectivos, le da limosna a un pordiosero (por si acaso es cierto que desde allá arriba...), se emociona un poco-lo suficiente-el día de su casamiento durante la ceremonia religiosa, el día en que nace su primer hijo, el día en que por fin escritura el departamento propio. No tiene tiempo para tonterías: no tiene tiempo para remontar barriletes, juntar caracoles, tirarse boca arriba bajo un árbol y quedarse en silencio varias horas, pensando...
No puede desperdiciar en pavadas así la cuerda que se da todas las mañanas.
Pero un día, un día se despierta llorando, se mira al espejo, se mira las lágrimas mezcladas con las arrugas y las canas, repite su nombre y su edad como si fuera una plegaria, y luego grita el nombre de su hijo.
Su hijo adolescente que aún cree y aún puede salvarse. Aún puede salvarse se repite hasta que le duele la lengua.
Corre, corre... atraviesa el pasillo, hay que salvarlo, hay que salvarlo... hay que esconder todos los cuchillos, hay que convencerlo de que la vida es bella y hay que tomarla dulcemente por la cintura y hundir la cabeza en su pecho, y hay que guardarse un tiempo para gastarlo sin hacer nada, simplemente remontando barriletes, conversando con las piedras o pensando cara al cielo bajo un árbol. Y hay que saber llorar y partir el pan en dos, en diez, en cien, y abofetear al tirano y erguirse ante la injusticia porque todo mal será purgado y todo error rectificado...
Corre por el pasillo, abre la puerta del dormitorio del hijo al mismo tiempoo que suena el despertador y el muchacho salta de la cama.
-¿Creíste que me iba a quedar dormido? Ya no soy una criatura, papá.
Habla de responsabilidades mientras se ajusta la corbata. Luego se pone el saco.
-No quiero llegar tarde-musita-. Hay que estar en guardia, hay que atacar para que...
No, ya no puede parar los cuchillos que han sido lanzados.
0 Sam's speech
Frodo: I can't do this, Sam.
Sam: I know. It's all wrong! By rights, we shouldn't even be here. But we are. It's like in the great stories, Mr. Frodo. The ones that really mattered. Full of darkness and danger, they were. And sometimes, you didn't want to know the end, because how could the end be happy? How could the world go back to the way it was when so much bad had happened? But in the end, it's only a passing thing, this shadow. Even darkness must pass. A new day will come. And when the sun shines it will shine out the clearer. Those are the stories that stayed with you, that meant something, even if you were too small to understand why. But I think, Mr. Frodo, I do understand. I know now. Folk in those stories had lots of chances of turning back, only they didn't. They kept going. Because they were holding on to something.
Frodo: What are we holding on to, Sam?
Sam: That there is some good in this world, Mr. Frodo. And it's worth fighting for.

Sam: I know. It's all wrong! By rights, we shouldn't even be here. But we are. It's like in the great stories, Mr. Frodo. The ones that really mattered. Full of darkness and danger, they were. And sometimes, you didn't want to know the end, because how could the end be happy? How could the world go back to the way it was when so much bad had happened? But in the end, it's only a passing thing, this shadow. Even darkness must pass. A new day will come. And when the sun shines it will shine out the clearer. Those are the stories that stayed with you, that meant something, even if you were too small to understand why. But I think, Mr. Frodo, I do understand. I know now. Folk in those stories had lots of chances of turning back, only they didn't. They kept going. Because they were holding on to something.
Frodo: What are we holding on to, Sam?
Sam: That there is some good in this world, Mr. Frodo. And it's worth fighting for.

0 El dulce sabor de una mujer exquisita
por Gabriel García Márquez
Si aún no ha pasado el bisturí por tu piel,
si no tienes implantes de silicona en alguna parte de tu cuerpo,
si los rollitos no te generan trauma,
si nunca has sufrido de anorexia,
si tu estatura no afecta tu desarrollo personal,
si cuando vas a la playa prefieres divertirte en el mar
y no estar sobre una toalla durante horas,
si crees que la fidelidad sí es posible y la practicas,
si sabes cómo se prepara un arroz,
si puedes preparar un almuerzo completo,
si tu prioridad no es ser rubia ,
si no te levantas a las 7:00 a.m. para llegar primera al gimnasio,
si puedes salir con ropa de gimnasia tranquila a la calle un domingo
sin una gota de maquillaje en el rostro...
ESTÁS EN VÍA DE EXTINCIÓN....
Una mujer exquisita no es aquella que más hombres tiene a sus pies,
si no aquella que tiene uno solo que la hace realmente feliz.
Una mujer hermosa no es la más joven, ni la más flaca,
ni la que tiene el cutis más terso o el cabello más llamativo,
es aquella que con tan sólo una franca y abierta sonrisa
y un buen consejo puede alegrarte la vida.
Una mujer valiosa no es aquella que tiene más títulos,
ni más cargos académicos,
es aquella que sacrifica su sueño temporalmente por hacer felices a los demás.
Una mujer exquisita no es la más ardiente
(aunque si me preguntan a mí, todas las mujeres son muy ardientes...
Los que estamos fuera de foco somos los hombres )
sino la que vibra al hacer el amor solamente con el hombre que ama.
Una mujer interesante no es aquella que se siente halagada al ser admirada por su belleza
y elegancia, es aquella mujer firme de carácter que puede decir NO.
Y un hombre... un hombre exquisito es aquel que valora a una mujer así...
Que se siente orgulloso de tenerla como compañera....
Que sabe tocarla como un músico virtuosísimo toca su amado instrumento...
Que lucha a su lado compartiendo todos sus roles,
desde lavar platos y atender tripones,
hasta devolverle los masajes y cuidados que ella le prodigó antes....
La verdad, compañeros hombres,
es que las mujeres en eso de ser 'Muy machas' nos llevan gran recorrido...
¡Qué tontos hemos sido -y somos-
cuando valoramos el regalo solamente por la vistosidad de su empaque...!
Tonto y mil veces tonto el hombre que come mierda en la calle,
teniendo un exquisito manjar en casa.
Y es así; valemos por lo que somos, al natural, sin maquillaje en el rostro o en el alma. No hay que ser princesas o modelos para sentirnos bien con nosotras mismas; sólo tenemos que ser nosotras... y asegurarnos de que el hombre que esté a nuestro lado, sepa apreciar la llama que arde en nuestro corazón, sin importar el empaque que nos envuelva.
Si aún no ha pasado el bisturí por tu piel,
si no tienes implantes de silicona en alguna parte de tu cuerpo,
si los rollitos no te generan trauma,
si nunca has sufrido de anorexia,
si tu estatura no afecta tu desarrollo personal,
si cuando vas a la playa prefieres divertirte en el mar
y no estar sobre una toalla durante horas,
si crees que la fidelidad sí es posible y la practicas,
si sabes cómo se prepara un arroz,
si puedes preparar un almuerzo completo,
si tu prioridad no es ser rubia ,
si no te levantas a las 7:00 a.m. para llegar primera al gimnasio,
si puedes salir con ropa de gimnasia tranquila a la calle un domingo
sin una gota de maquillaje en el rostro...
ESTÁS EN VÍA DE EXTINCIÓN....
Una mujer exquisita no es aquella que más hombres tiene a sus pies,
si no aquella que tiene uno solo que la hace realmente feliz.
Una mujer hermosa no es la más joven, ni la más flaca,
ni la que tiene el cutis más terso o el cabello más llamativo,
es aquella que con tan sólo una franca y abierta sonrisa
y un buen consejo puede alegrarte la vida.
Una mujer valiosa no es aquella que tiene más títulos,
ni más cargos académicos,
es aquella que sacrifica su sueño temporalmente por hacer felices a los demás.
Una mujer exquisita no es la más ardiente
(aunque si me preguntan a mí, todas las mujeres son muy ardientes...
Los que estamos fuera de foco somos los hombres )
sino la que vibra al hacer el amor solamente con el hombre que ama.
Una mujer interesante no es aquella que se siente halagada al ser admirada por su belleza
y elegancia, es aquella mujer firme de carácter que puede decir NO.
Y un hombre... un hombre exquisito es aquel que valora a una mujer así...
Que se siente orgulloso de tenerla como compañera....
Que sabe tocarla como un músico virtuosísimo toca su amado instrumento...
Que lucha a su lado compartiendo todos sus roles,
desde lavar platos y atender tripones,
hasta devolverle los masajes y cuidados que ella le prodigó antes....
La verdad, compañeros hombres,
es que las mujeres en eso de ser 'Muy machas' nos llevan gran recorrido...
¡Qué tontos hemos sido -y somos-
cuando valoramos el regalo solamente por la vistosidad de su empaque...!
Tonto y mil veces tonto el hombre que come mierda en la calle,
teniendo un exquisito manjar en casa.
Y es así; valemos por lo que somos, al natural, sin maquillaje en el rostro o en el alma. No hay que ser princesas o modelos para sentirnos bien con nosotras mismas; sólo tenemos que ser nosotras... y asegurarnos de que el hombre que esté a nuestro lado, sepa apreciar la llama que arde en nuestro corazón, sin importar el empaque que nos envuelva.
2 4 a.m.
Se despertó con un sobresalto y un grito ahogado. Restregándose los ojos, miró los números rojos del reloj sobre la mesita de luz: eran las cuatro de la mañana. Suspiró y se levantó de la cama.
Se dirigió despacio a la cocina. Sobre la mesa encontró un vaso con restos de whisky y la botella vacía. A un lado había un paquete de cigarrillos. Agarró uno y, encendiéndolo, se dirigió hacia la ventana del living.
Apoyado sobre el alféizar y mirando las melancólicas luces nocturnas, comenzó a fumar. Ya había perdido la cuenta del tiempo que hacía que las noches eran todas iguales: se dormía gracias a los efectos somníferos de varios vasos de whisky, y se despertaba sobresaltado en mitad de la madrugada, siempre a la misma hora, bañado en sudor frío, temblando y con un terrible dolor de cabeza.
El humo del cigarrillo subía en espirales frente a él. Por la ventana abierta entraba una brisa fría, y se escuchaba el lejano bullicio de la ciudad. Le gustaba sentir el aire helado golpeándole la piel, haciéndole humedecer los ojos, quizás disimulando ese ardor que subía desde su garganta y amenazaba con desatarse en un llanto descontrolado.
Pero no, ya no iba a llorar. ¿De qué servían las lágrimas? Si por más que derramara todo un río, ella no iba a volver. Si por más que cerrara los ojos con fuerza, aún podía verla allí tirada, pálida, fría. Si por más que se ahogara en vasos de whisky y se intoxicara una y otra vez en un cóctel de pastillas, nada iba a cambiar la terrible soledad que lo asfixiaba.
Soledad... negra soledad que había buscado desesperadamente llenar con otros ojos, otras voces, otros cuerpos. Placeres momentáneos que sólo aumentaban ese vacío que hacía huecos en su interior, que abría abismos que lo consumían lentamente.
Sintió una lágrima tibia sobre su mejilla, pero con manos trémulas se la secó. Apagó el cigarrillo, respiró una bocanada de aire puro que le infló los pulmones, y lentamente volvió a la cama. Cerró los ojos, sabiendo que otra vez se entregaba de lleno a una noche de tortura: de pesadillas que lo obligaban a revivir una y otra vez aquel trágico momento, de temblores que lo sacudían con violencia y de un grito ensordecedor que le llenaba la mente. El desgarrado grito de ella, cuando su vida la abandonaba.
Era una tortura, sí... pero una tortura que, al menos, le devolvía un trozo resquebrajado de la mujer que había amado y que amaría el resto de su vida.
Se dirigió despacio a la cocina. Sobre la mesa encontró un vaso con restos de whisky y la botella vacía. A un lado había un paquete de cigarrillos. Agarró uno y, encendiéndolo, se dirigió hacia la ventana del living.
Apoyado sobre el alféizar y mirando las melancólicas luces nocturnas, comenzó a fumar. Ya había perdido la cuenta del tiempo que hacía que las noches eran todas iguales: se dormía gracias a los efectos somníferos de varios vasos de whisky, y se despertaba sobresaltado en mitad de la madrugada, siempre a la misma hora, bañado en sudor frío, temblando y con un terrible dolor de cabeza.
El humo del cigarrillo subía en espirales frente a él. Por la ventana abierta entraba una brisa fría, y se escuchaba el lejano bullicio de la ciudad. Le gustaba sentir el aire helado golpeándole la piel, haciéndole humedecer los ojos, quizás disimulando ese ardor que subía desde su garganta y amenazaba con desatarse en un llanto descontrolado.
Pero no, ya no iba a llorar. ¿De qué servían las lágrimas? Si por más que derramara todo un río, ella no iba a volver. Si por más que cerrara los ojos con fuerza, aún podía verla allí tirada, pálida, fría. Si por más que se ahogara en vasos de whisky y se intoxicara una y otra vez en un cóctel de pastillas, nada iba a cambiar la terrible soledad que lo asfixiaba.
Soledad... negra soledad que había buscado desesperadamente llenar con otros ojos, otras voces, otros cuerpos. Placeres momentáneos que sólo aumentaban ese vacío que hacía huecos en su interior, que abría abismos que lo consumían lentamente.
Sintió una lágrima tibia sobre su mejilla, pero con manos trémulas se la secó. Apagó el cigarrillo, respiró una bocanada de aire puro que le infló los pulmones, y lentamente volvió a la cama. Cerró los ojos, sabiendo que otra vez se entregaba de lleno a una noche de tortura: de pesadillas que lo obligaban a revivir una y otra vez aquel trágico momento, de temblores que lo sacudían con violencia y de un grito ensordecedor que le llenaba la mente. El desgarrado grito de ella, cuando su vida la abandonaba.
Era una tortura, sí... pero una tortura que, al menos, le devolvía un trozo resquebrajado de la mujer que había amado y que amaría el resto de su vida.
0 El pájaro canta hasta morir
Hay una leyenda sobre un pájaro que canta sólo una vez en su vida, y lo hace más dulcemente que cualquier otra criatura sobre la faz de la tierra. Desde el momento en que abandona el nido, busca un árbol espinoso y no descansa hasta encontrarlo. Entonces, cantando entre las crueles ramas, se clava él mismo en la espina más larga y afilada y, al morir envuelve su agonía en un canto más bello que el de la alondra y el del ruiseñor. Un canto sublime, al precio de la existencia. Pero todo el mundo enmudece para escuchar, y Dios sonríe en el cielo. Pues lo mejor, sólo se compra con grandes dolores. Al menos así lo dice la leyenda.
"The thorn birds", de Colleen McCullough
"The thorn birds", de Colleen McCullough

